Crónica de una vuelta al cole, de más de 125.000 artículos vendidos, de once personas que han terminado agotadas y de una familia que lleva más de medio siglo empeñada en mantener vivo un comercio.
Hay una frase que escuchamos todos los años: «Ahora os estaréis haciendo de oro con la vuelta al cole».
Normalmente sonrío.
A veces asiento con la cabeza.
Y casi nunca intento explicar lo que hay detrás de una campaña de septiembre. Entre otras cosas, porque cuando llevas más de treinta años en este oficio descubres que hay cosas que solamente entiende quien las ha vivido desde el otro lado de un mostrador.
Lo curioso es que, cuando llega septiembre, buena parte de nuestro trabajo ya está hecho.
O debería estarlo.
Porque la vuelta al cole no empieza en septiembre. Empieza muchos meses antes, cuando todavía nadie está pensando en comprar cuadernos.
Y tampoco termina cuando los niños vuelven a clase.
Para nosotros termina cuando hemos conseguido resolver la última urgencia, localizar el último libro pendiente y recuperar algo de orden en una tienda por la que ha pasado un pequeño huracán.
Después llega el silencio.
Y entonces, por fin, podemos preguntarnos si todo aquello ha merecido la pena.
Una papelería de 500 metros cuadrados que no se llena sola
Nuestra tienda está en Illescas, en la provincia de Toledo, en la calle París, junto a la carretera de Ugena y cerca del ferial.
Illescas es una localidad que ha cambiado muchísimo durante las últimas décadas. Hoy supera los 33.000 habitantes y se ha convertido en uno de los municipios más dinámicos de La Sagra.
Han llegado nuevas familias, nuevos barrios, nuevas empresas y mucha gente que ha elegido esta zona para vivir y trabajar.
Pero detrás de ese crecimiento sigue habiendo algo muy importante: los comercios que llevan años aquí, los que abren cada mañana y conocen las necesidades de sus vecinos.
Uno de ellos es Multipapel.
Tenemos 500 metros cuadrados de tienda abierta al público y más de 10.000 referencias.
Dicho así puede parecer una cifra bonita para poner en un anuncio.
A mí, después de tantos años, esas cifras me sugieren algo bastante menos romántico.
Me sugieren miles de productos que hay que comprar, recibir, clasificar, colocar, etiquetar, reponer y, algún día, conseguir vender.
Me sugieren facturas de proveedores, cajas de mercancía, espacio de almacén, ordenadores, estanterías, reposiciones y personas dedicando horas a que todo esté donde debe estar.
Porque una papelería grande tiene una ventaja: puede resolver muchas necesidades.
Pero también tiene una condena: para poder vender un lápiz que alguien necesita hoy, antes has tenido que comprarlo, guardarlo y confiar en que algún día alguien venga a buscarlo.
Y eso hay que hacerlo con miles de artículos.
No es lo mismo tener diez referencias en una estantería que mantener más de diez mil disponibles para que un cliente encuentre lo que necesita.
Hay un coste enorme en ese simple gesto de decir:
«Sí, lo tenemos».
Cuando empieza el verano, nosotros ya estamos pensando en septiembre
En Multipapel no cerramos en julio ni en agosto.
Mientras muchas familias preparan sus vacaciones, nosotros seguimos atendiendo, vendiendo, recibiendo pedidos y organizando la campaña.
Pero la preparación viene de mucho antes.
Meses revisando lo que funcionó el año anterior.
Meses decidiendo qué material escolar vamos a necesitar, qué cantidades comprar, qué novedades incorporar, qué marcas mantener y qué productos conviene tener disponibles.
Hay que preparar mochilas, estuches, cuadernos, carpetas, archivadores, bolígrafos, pinturas, calculadoras y cientos de pequeños artículos que parecen insignificantes hasta el día en que un profesor los pone en una lista.
También hay libros.
Muchos libros.
Y quien trabaje en una papelería-librería sabe que los libros escolares merecerían un artículo aparte.
Cambios de edición, referencias que se agotan, pedidos que llegan incompletos, familias que esperan, centros educativos con necesidades diferentes y ese ejemplar concreto que nadie parece tener cuando más falta hace.
Todo eso ocurre antes de que empiece la campaña de verdad.
Hay mucho dinero invertido en mercancía que todavía no se ha vendido.
Hay miles de decisiones tomadas sin saber si serán las correctas.
Hay previsiones basadas en la experiencia y en una pregunta que nunca desaparece:
«¿Y si este año no vendemos lo que hemos comprado?»
Porque el comerciante no tiene una bola de cristal.
Tiene la experiencia, el histórico de otros años y, sobre todo, la responsabilidad de acertar.
Abiertos en agosto. Y algunos todavía piensan que estoy loco.
Hay algo que muchos de nuestros clientes conocen, pero que para mí sigue teniendo un significado especial.
En Multipapel abrimos todo el verano. Julio entero. Agosto entero. De lunes a viernes, de ocho de la mañana a nueve de la noche. Y también todos los sábados por la mañana.
Sí. También en agosto.
También cuando buena parte de los negocios aprovechan para cerrar unos días.
También cuando el termómetro en Illescas parece empeñado en recordarnos que vivimos en Castilla-La Mancha.
Alguna vez me han dicho que estoy loco.
Que cómo no cerramos en agosto.
Que cómo mantenemos una tienda de 500 metros cuadrados abierta tantas horas, cuando podríamos aprovechar para descansar.
Y, a veces, hasta yo mismo me lo pregunto.
Porque mantener las puertas abiertas trece horas al día no significa simplemente dejar encendidas las luces.
Significa organizar turnos, mantener personal suficiente, pagar suministros, atender proveedores, recibir mercancía, preparar septiembre y seguir resolviendo lo que necesite cada cliente.
Todo eso mientras el verano sigue su curso y muchos de nuestros vecinos están de vacaciones.
Pero entonces llega uno de esos días de agosto en los que el calor aprieta de verdad.
Sales un momento a la calle y parece que se ha detenido el mundo.
Y, sin embargo, entras en Multipapel y hay gente.
Una familia preparando el material escolar con tiempo.
Un estudiante que necesita imprimir unos apuntes.
Alguien que viene a recoger un libro.
Un trabajador buscando material para su oficina.
Clientes que agradecen encontrar una papelería abierta cuando tantos establecimientos están cerrados.
Y me quedo mirando la tienda.
Las personas entrando y saliendo.
Los compañeros atendiendo.
Los mostradores funcionando.
Y pienso que quizá no esté tan loco.
Porque hay algo que me sigue emocionando después de tantos años: ver una tienda llena de vida cuando, por el calor y las fechas, parecería que todo debería estar parado.
No sé si todos esos días son igual de rentables.
No sé si cada sábado de agosto compensa económicamente todo el esfuerzo.
Pero sé que nuestros clientes han aprendido que pueden contar con nosotros.
Y esa confianza no se construye solamente abriendo los días que más convienen.
Se construye estando ahí.
Incluso en agosto.
Una inversión que daba vértigo
Y hablando del calor, este año hemos tomado una de esas decisiones que no suelen salir en las fotografías de una campaña de vuelta al cole.
Hemos renovado toda la instalación del aire acondicionado de la tienda.
Una inversión importante.
De esas que, cuando tienes el presupuesto delante, vuelves a mirar la última cifra por si has leído mal.
Recuerdo pensar:
«¿Seremos capaces de pagar esto?».
Porque una tienda como la nuestra tiene muchas necesidades. Siempre hay algo que renovar, mejorar, reparar o comprar.
Y el dinero no es infinito.
Pero había otra pregunta todavía más importante.
«¿Podemos permitirnos no hacerlo?»
Y la respuesta era muy sencilla.
No.
Sin aire acondicionado, hoy sería prácticamente imposible mantener una tienda como Multipapel abierta al público durante todo el verano.
Y aquí viene una de esas contradicciones que te hacen pensar en cómo ha cambiado el comercio.
Durante más de quince años trabajé en una tienda sin aire acondicionado.
Quince años.
Veranos enteros soportando el calor.
Abriendo la puerta, intentando que corriera algo de aire y siguiendo con el trabajo como buenamente podíamos.
Entonces nos parecía normal.
Hoy sería impensable.
Han cambiado las temperaturas que soportamos, las condiciones de trabajo que exigimos y la experiencia que esperan nuestros clientes.
Y me parece bien que haya cambiado.
Porque los trabajadores necesitan unas condiciones dignas y los clientes tienen derecho a comprar cómodamente.
Pero esa mejora también tiene un precio.
Un precio que alguien debe pagar antes de saber cuánto va a vender.
Y ahí está otra de las realidades que pocas veces se cuentan cuando se habla de comercio.
Para seguir siendo el mismo negocio de siempre, tienes que invertir constantemente en dejar de ser el negocio que eras antes.
No basta con mantener las estanterías llenas.
Hay que renovar instalaciones, incorporar tecnología, mejorar equipos y adaptar la tienda a un mundo que cambia sin pedir permiso.
A veces lo haces con ilusión.
Otras, mirando el presupuesto y preguntándote de dónde vas a sacar el dinero.
Y después llega agosto.
El calor aprieta en la calle.
Dentro de Multipapel hay una temperatura agradable, nuestros compañeros pueden desarrollar su trabajo en mejores condiciones y los clientes siguen entrando por la puerta.
Entonces miras hacia arriba, escuchas el aire acondicionado funcionando y piensas:
«Menos mal que lo hicimos».
Aunque todavía quede pagarlo.
Porque mantener abierto un comercio no consiste solamente en ganar dinero cuando llegan los clientes.
También consiste en tener el valor de invertir antes de saber si van a venir.
Y eso, después de más de treinta años, sigue imponiendo respeto.
Mi padre empezó esta historia hace más de medio siglo
Yo llevo más de treinta años dedicado a este negocio.
Pero la historia viene de antes.
Sumando los años de mi padre, hablamos de más de 56 años vinculados a la papelería.
Más de medio siglo vendiendo productos que han cambiado mucho menos de lo que parece.
Han evolucionado los sistemas de gestión, las marcas, las máquinas de impresión, los ordenadores, los canales de venta y la manera de comprar.
Algunas cosas han desaparecido y otras ni siquiera existían cuando comenzó esta historia.
Pero los lápices siguen siendo lápices.
Los cuadernos siguen siendo cuadernos.
Y cada septiembre siguen apareciendo familias que necesitan preparar un nuevo curso escolar.
Mi padre conoció una manera de vender.
Yo he tenido que aprender muchas otras.
Hoy no basta con tener un buen mostrador. Hay que gestionar una tienda física, una librería, una copistería, una imprenta, pedidos, llamadas, WhatsApp, clientes profesionales y ventas que llegan por diferentes canales.
Hay que competir con plataformas que tienen recursos, tecnología y una capacidad comercial con la que una papelería independiente no puede compararse.
Y aun así seguimos aquí.
A veces pienso en todo lo que ha cambiado desde los tiempos de mi padre.
Y me doy cuenta de que la parte más difícil de nuestro oficio sigue siendo exactamente la misma:
Convencer a alguien de que merece la pena entrar en tu tienda. Y conseguir que quiera volver.
El extraño negocio de vender cosas que cuestan unos céntimos
Hay días en los que me gustaría que alguien analizara nuestro negocio artículo por artículo.
No para saber cuánto vendemos.
Para calcular cuánto trabajo lleva vender determinadas cosas.
Un lápiz.
Una goma.
Un bolígrafo.
Una cartulina.
Un sobre.
Una pequeña libreta.
Productos que pueden costar apenas unos céntimos o unos pocos euros.
El cliente viene, lo encuentra, lo paga y se marcha.
Una operación perfectamente normal.
Pero antes de que eso ocurra, alguien ha tenido que localizar el proveedor, hacer el pedido, comprobar el precio, recibir la mercancía, contar las unidades, colocar el producto, darle entrada en el programa y mantenerlo disponible.
Y cuando se vende, vuelta a empezar.
Hay artículos baratos que exigen prácticamente los mismos procesos que otros mucho más caros.
El precio del producto puede ser pequeño. El trabajo que hay detrás no lo es.
Y cuando tienes más de 10.000 referencias, esa realidad se multiplica.
Por eso, cuando alguien me dice que en una papelería todo está muy caro, me dan ganas de invitarlo a pasar una mañana conmigo.
No para discutir el precio de un bolígrafo.
Para que vea todo lo que sucede antes de que ese bolígrafo llegue al mostrador.
Una tienda de 500 metros cuadrados no funciona sola.
Las luces no se encienden solas.
Los artículos no aparecen mágicamente en las estanterías.
Las nóminas no se pagan con buenas intenciones.
Ni los proveedores aceptan como forma de pago que hayamos trabajado muchísimo.
Hay que vender. Y hay que vender mucho.
No para presumir de ventas.
Para conseguir que toda esa estructura pueda seguir funcionando.
Once personas. Once compañeros. Once responsabilidades.
En Multipapel trabajamos once personas.
Es una frase fácil de escribir.
Pero quienes tienen una empresa saben que detrás de ella hay mucho más.
Hay once personas que cada mañana tienen que encontrar su puesto de trabajo en marcha.
Hay salarios, cotizaciones, vacaciones, bajas, sustituciones, horarios y responsabilidades.
Hay compañeros que conocen muy bien su trabajo y otros que necesitan aprender.
Hay días de buen humor y días complicados.
Y hay algo que considero fundamental: una empresa no se sostiene solamente porque alguien la dirija. Se sostiene porque hay un equipo que hace su trabajo cada día.
Durante la vuelta al cole eso se ve con especial claridad.
Hay momentos en los que todos estamos desbordados.
La persona que está atendiendo necesita ayuda.
Quien prepara pedidos no encuentra un artículo.
En la librería hay una familia esperando.
En la copistería surge una urgencia.
Suena el teléfono.
Llega mercancía.
Hay clientes en la caja.
Y en mitad de todo aquello alguien pregunta por un producto que solamente tenemos en un rincón del almacén.
No siempre sale todo perfecto.
Nos equivocamos.
A veces tardamos más de lo que nos gustaría.
Hay momentos en los que la cola avanza demasiado despacio y otros en los que nos falta tiempo para atender como quisiéramos.
Pero seguimos.
Porque detrás de una campaña de estas características no hay héroes individuales.
Hay once personas intentando sacar adelante el mismo barco en mitad de una tormenta.
Y eso merece mucho más reconocimiento del que normalmente recibe.
Septiembre: cuando desaparecen las horas
Si en julio y agosto hemos preparado el terreno, en septiembre llega la prueba de fuego.
De repente, todas las previsiones tienen que convertirse en respuestas.
Las familias aparecen con sus listas.
Los niños quieren una mochila concreta.
Un profesor ha pedido un material que nadie esperaba.
Un libro no ha llegado.
Una referencia se ha agotado.
Y aquello que durante meses parecía suficientemente preparado comienza a parecer insuficiente.
Las horas pasan de otra manera.
Hay jornadas en las que apenas encuentras un momento para pensar en otra cosa que no sea lo siguiente que tienes que resolver.
Y cuando termina el horario comercial, todavía queda trabajo.
El que no ve nadie.
Revisar incidencias.
Preparar pedidos.
Comprobar entregas.
Organizar el día siguiente.
Intentar que mañana todo funcione un poco mejor.
Hay días en los que me marcho de la tienda cansado y sigo trabajando mentalmente de camino a casa.
Pensando en lo que falta.
En lo que no ha salido como quería.
En lo que tengo que resolver a primera hora.
Y cuando finalmente consigo desconectar, resulta que ya está llegando la hora de volver a empezar.
Una campaña de vuelta al cole no se mide solamente en ventas. También se mide en horas de vida.
Y de esas gastamos muchas.
Muchísimas.
El cliente que siempre llega a última hora
Hay una escena que se repite todos los septiembres.
Cambia el protagonista, cambia el producto, pero el argumento suele ser parecido.
Una familia descubre que mañana su hijo necesita algo para el colegio.
No la semana que viene.
No dentro de tres días.
Mañana.
Y, por alguna extraña ley de la naturaleza, ese artículo suele ser el que más difícil resulta encontrar.
A veces es un libro.
A veces una carpeta con unas características muy concretas.
A veces un material para una asignatura que parece diseñado expresamente para complicarle la vida a las papelerías.
El caso es que alguien entra por la puerta con esa mezcla de urgencia y esperanza.
Y allí estamos nosotros.
Podríamos limitarnos a responder que no lo tenemos.
Pero quienes llevamos años en este oficio sabemos que, muchas veces, el trabajo empieza precisamente en ese momento.
Buscamos alternativas.
Consultamos existencias.
Llamamos.
Preguntamos a un compañero.
Intentamos encontrar una solución.
Y cuando la encontramos, el cliente se marcha aliviado.
A veces con una compra de muy poco importe.
Tan poco que, si alguien pudiera medir el tiempo dedicado a esa operación, posiblemente nos aconsejaría dedicarnos a otra cosa.
Pero hay una parte de nuestro trabajo que no se explica con una calculadora.
Un buen comercio no es solamente el lugar donde compras lo que necesitas. Es el lugar al que vuelves cuando necesitas que alguien te ayude.
Y esa confianza tarda años en construirse.
A veces toda una vida.
Más de 125.000 artículos. Y ninguno se ha vendido solo.
Durante esta campaña de julio, agosto y septiembre hemos registrado cerca de 17.000 atenciones de compra y más de 125.000 unidades de productos vendidos, sin incluir los trabajos de copistería e imprenta.
No quiero convertir este artículo en un balance de cifras.
Ni contar cuánto hemos facturado.
Ni presumir de resultados.
Pero sí quiero dar una dimensión del esfuerzo.
Más de 125.000 unidades.
Pensadlo un momento.
Artículos que hubo que comprar con antelación.
Recibir.
Ordenar.
Colocar.
Buscar.
Preparar.
Cobrar.
Reponer.
Y, en ocasiones, devolver o cambiar.
No son 125.000 grandes ventas.
Muchas son operaciones pequeñas, hechas con productos de poco importe.
Detrás de esa cantidad no hay una máquina que expulse beneficios.
Hay un negocio real, con personas reales, en una localidad real.
Y hay algo que desde fuera se olvida con demasiada facilidad: vender muchos artículos no significa necesariamente ganar mucho dinero.
Significa haber trabajado.
Después habrá que comprobar qué queda, qué gastos hay que pagar y qué parte del resultado podremos utilizar para mantener viva la empresa durante los meses siguientes.
Esa es la realidad de muchos comercios independientes.
Y quizá por eso entre papeleros nos entendemos tan bien.
Sabemos lo que cuesta llegar a septiembre.
Y sabemos perfectamente que lo difícil empieza otra vez cuando termina.
La campaña buena no te da vacaciones. Te da aire.
Hay una frase que me gustaría que entendieran quienes nunca han tenido un pequeño negocio:
Una buena campaña no te concede el derecho a descansar durante los once meses siguientes. Lo que hace es darte un poco de aire para continuar.
Eso es exactamente lo que significa para mí una buena vuelta al cole.
No es una fiesta de beneficios.
No es una invitación a despreocuparse.
No es la garantía de que el próximo año vaya a ser fácil.
Es haber conseguido reunir fuerzas y recursos para afrontar lo que viene.
Porque octubre llega.
Y después noviembre.
Y diciembre.
Y luego enero, febrero, marzo…
Los meses en los que ya no hay listas escolares, pero siguen llegando las facturas.
Los meses en los que hay que mantener los 500 metros cuadrados abiertos, los artículos disponibles y el equipo trabajando.
Los meses en los que seguimos ofreciendo fotocopias, impresiones, libros, material de oficina, encuadernaciones, servicios de imprenta y soluciones para quienes nos necesitan.
No podemos abrir solamente cuando hay campaña.
Nuestro compromiso con los clientes es estar aquí también cuando la tienda está más tranquila.
Por eso septiembre es tan importante.
Porque nos permite seguir estando.
El comerciante también se cansa
No voy a escribir que todo esto es maravilloso.
Sería mentir.
Tengo más de treinta años de experiencia, pero también más de treinta años de cansancio acumulado, de errores, de preocupaciones y de problemas que resolver.
Hay momentos en los que uno se pregunta por qué sigue complicándose tanto la vida.
¿Por qué mantener una tienda tan grande?
¿Por qué tener tantas referencias?
¿Por qué asumir la responsabilidad de once puestos de trabajo?
¿Por qué seguir invirtiendo y trabajando tantas horas en un mundo en el que cada vez resulta más fácil comprar sin hablar con nadie?
Podría escribir aquí una respuesta empresarial, llena de palabras bonitas.
Pasión.
Vocación.
Compromiso.
Emprendimiento.
Pero hay días en los que esas palabras suenan demasiado elegantes para explicar cómo se siente uno después de una jornada agotadora.
Hay días en los que, sencillamente, estás reventado.
Y lo único que quieres es que todo haya merecido la pena.
No busco lástima.
He elegido este oficio y he elegido seguir en él.
Tampoco creo que a los empresarios haya que aplaudirnos por cumplir con nuestras obligaciones.
Pero sí me gustaría que se entendiera algo:
Detrás de un comercio que abre cada mañana hay personas que también tienen sus límites, sus dudas y sus noches de preocupación.
Y que, aun así, al día siguiente vuelven.
Una tienda abierta también es una forma de hacer pueblo
Illescas ha crecido mucho.
La Sagra ha cambiado.
A nuestro alrededor hay grandes empresas, nuevas instalaciones logísticas, más población y nuevas formas de consumir.
Me alegro de ese crecimiento.
Pero me gustaría que en medio de todo ello no olvidáramos a los negocios que están aquí desde hace décadas.
Porque una localidad no es solamente el número de habitantes que tiene ni las empresas que se instalan en sus polígonos.
También es lo que ocurre a pie de calle.
Es poder entrar en una papelería y que alguien te atienda.
Es encontrar una librería donde preguntar por un título.
Es tener cerca un lugar donde imprimir un trabajo, encuadernar unos apuntes o resolver un encargo urgente.
Es saber que hay comercios que siguen abiertos cuando los necesitas.
Y también es que once personas tengan un trabajo cerca de casa gracias a que otras muchas personas han decidido comprar aquí.
No pretendo decir que elegir Multipapel sea una obligación.
Ni que comprar en Internet esté mal.
Nosotros mismos utilizamos la tecnología y vendemos a través de distintos canales.
Lo que digo es mucho más sencillo.
Si queremos comercios vivos, tenemos que seguir entrando en ellos.
Una tienda no puede mantenerse solamente con el cariño de quienes dicen que les da pena ver cerrar los negocios del pueblo.
Necesita clientes.
Necesita actividad.
Necesita que, cuando sea posible, alguien decida comprar allí.
No por caridad.
Porque le ofrece algo que considera valioso.
Y nuestra obligación, como comerciantes, es trabajar cada día para merecer esa elección.
Entonces llega octubre. Y uno mira alrededor.
Cuando pasa la tormenta, la tienda recupera poco a poco su ritmo.
Se van colocando las últimas cosas.
Aparecen huecos en algunas estanterías.
Hay mercancía que ha desaparecido mucho más deprisa de lo previsto y otra que tendrá que esperar su oportunidad.
El equipo está cansado.
Yo también.
Y llega el momento de hacer balance.
Por supuesto, revisaremos los números. Sería irresponsable no hacerlo.
Analizaremos qué hemos vendido, qué nos ha faltado, qué hemos comprado de más y dónde debemos mejorar.
Pensaremos en la próxima campaña.
Aunque ahora mismo cueste imaginar que volveremos a empezar.
Pero antes de mirar las hojas de cálculo, hay algo que me gusta observar.
La tienda sigue ahí.
Sus 500 metros cuadrados.
Las estanterías.
Los libros.
Los bolígrafos.
Las mochilas.
El mostrador.
El equipo.
Y detrás de todo ello, una historia que empezó hace más de 56 años con mi padre y que, contra todos los cambios y dificultades, continúa.
Miro alrededor y pienso que no está nada mal.
Que seguimos teniendo una bonita papelería abierta en Illescas.
Que once personas seguimos sacando adelante este negocio.
Que miles de familias han vuelto a confiar en nosotros.
Y que, después de tanta paliza, hemos ganado algo muy importante.
La posibilidad de continuar.
Ponemos el contador a cero
Esta es quizá la parte más extraña de tener un comercio.
Nunca llegas a la meta.
Cuando termina una campaña, comienza la siguiente etapa.
Cuando pagas unas facturas, empiezan a llegar otras.
Cuando resuelves un problema, aparece uno nuevo.
Cuando crees que todo está organizado, cambia algo y tienes que volver a adaptarte.
El comerciante vive en una carrera en la que nadie da la salida oficial, pero todos los días hay que correr.
Y aquí seguimos.
Ponemos el contador a cero, pero con el depósito bien lleno para afrontar otro curso al pie del cañón.
No porque el futuro esté resuelto.
Sino porque hemos conseguido la fuerza necesaria para seguir intentándolo.
Y después de más de tres décadas al frente de este negocio, empiezo a pensar que quizá ese sea uno de los mayores éxitos a los que puede aspirar un comerciante.
No hacerse famoso.
No presumir de cifras.
No llenar las redes sociales de palabras como éxito, liderazgo o récord.
Simplemente poder mirar a su equipo y decir:
«Lo hemos conseguido. Seguimos aquí. Y mañana volvemos a abrir».
Gracias. De verdad.
Quiero terminar este artículo de una manera diferente.
Sin hablar de ventas.
Sin hablar de márgenes.
Sin hablar de competencia.
Quiero hablar de personas.
Primero, de mi equipo.
De quienes han preparado la campaña durante meses.
De quienes han soportado las prisas, las colas, las urgencias y las jornadas más difíciles.
De quienes han buscado un libro hasta encontrarlo, han preparado un pedido con cuidado o han seguido atendiendo con una sonrisa cuando el cansancio ya era evidente.
Sé la paliza que nos hemos dado.
Y sé que, aunque a veces el trabajo diario no deje tiempo para decirlo, nada de esto sería posible sin vosotros.
Gracias por estar ahí. Por el esfuerzo. Por la paciencia. Por seguir tirando del carro.
Y después, de nuestros clientes.
A los que llevan años viniendo.
A los que conocieron la papelería cuando eran niños y hoy vuelven con sus propios hijos.
A quienes llegan por primera vez.
A quienes nos recomiendan.
A quienes nos dan otra oportunidad cuando nos equivocamos.
A quienes vienen a por un único lápiz y a quienes confían en nosotros para preparar todo un curso.
A las familias de Illescas y de tantos pueblos de La Sagra que siguen eligiendo una papelería local.
Quizá vosotros veáis una compra más.
Nosotros vemos algo mucho más importante.
Vemos la confianza que permite mantener once puestos de trabajo.
Vemos la posibilidad de seguir ofreciendo una tienda llena de productos, servicios y personas dispuestas a atender.
Vemos la continuidad de una historia familiar que comenzó hace más de medio siglo.
Y vemos una razón para seguir.

Gracias por dejarnos formar parte de vuestra vida cotidiana.
Porque lo más valioso de nuestra campaña no son los miles de artículos que han salido de las estanterías.
Es que haya miles de personas que sigan considerando que merece la pena entrar en nuestra tienda.
Después de las horas, las preocupaciones, los problemas, los días interminables y las noches dándole vueltas a todo, tengo clara mi respuesta.
Sí. Merece la pena.
Merece la pena por mi padre y por la historia que comenzó.
Merece la pena por mi equipo y por lo que hemos conseguido juntos.
Merece la pena por los clientes que siguen confiando en nosotros.
Y merece la pena por ese pequeño orgullo que siento cada mañana cuando vuelvo a ver las puertas abiertas.
Porque después de 56 años de historia familiar, no quiero que el mejor recuerdo de Multipapel sea lo que un día fuimos.
Quiero que sea lo que todavía somos capaces de seguir construyendo.
Mañana volveremos a levantar la persiana.
GRACIAS POR HACERLO POSIBLE.
José María Mateos
La Papelería Multipapel · Illescas (Toledo)
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